Desde hacía mucho tiempo, la sombra del ERE gravitaba como una nube oscura por todo el departamento. Llevábamos algunos meses, o más bien algunos años, hablando de la posibilidad, de la certeza, según alguno, de que iba a haber un ERE.
―Yo no pienso irme ―deciamos todos.
Sabíamos que tenía que suceder, era sólo cuestión de tiempo. No supimos interpretar los signos, pero como en el Apocalipsis, todo estaba anunciando. Primero fue un cambio de ubicación. De estar en la sala Vips, con las máquinas importantes y los vidiwall y las pantallas de Tv en las paredes, nos mandaron a un lugar pequeño, que construyeron juntando dos o tres despachos, que no se usaban desde hacia tiempo y que estaban llenos de cables y archivadores viejos, con documentos técnicos de centrales ya retiradas.
Nos habilitaron unas mesas recicladas y unas máquinas de aire acondicionado de hogar, nos pusieron unas persianas venecianas de lamas de plástico que no tardaron en deteriorarse. Tuvimos que hacer encaje de bolillos para que el aire frío en un techo demasiado bajo no nos diera en las cabezas, y la puerta, al abrirse, no provocara una corriente que nos constipara.
A partir de ahí y lejos de nuestra jefatura, empezaron las penurias. Poco a poco se fueron acabando los lapiceros y los cuadernos y las carpetas y el toner de las impresoras que, una a una, se fueron quedando inservibles y las fuimos amontonando como trastos viejos en uno de los rincones, hasta que ya casi no se podía pasar por los estrechos pasillos que habían quedado entre las mesas y que a duras penas y con buena dosis de mirar hacia otro lado, hicimos que cumplieran las otrora estrictas normas de salud laboral…
―Aunque nos lo pongan difícil, yo no me iré ―decíamos
A veces nos gustaba sentarnos a recordar los buenos tiempos de la abundancia, en el que casi no hacía falta pedir para tener material de oficina. ¿qué hijo de empleado no tenía bolígrafos, gomas, lapiceros y cuadernos con tapa de hule negro de la empresa?
Y nos fuimos haciendo ahorrativos. Los compañeros, quizás por mimetismo, nos volvimos tacaños, incluso en las palabras, que en los últimos tiempos ya se reducían a buenos días al entrar y hasta mañana al salir y algunos contestaban con un lacónico , ya, bye o cualquier otro monosílabo y al final con un simple movimiento de cabeza..
Si alguien pretendía empezar una conversación, enseguida otro le decía “vaya, vaya” o “ea, es el signo de los tiempos” y así se acababa.. Empezaron a proliferar los auriculares y cada uno estaba inmerso en lo suyo. A falta de trabajo, estudiábamos inglés, o escuchábamos canciones en you tube, o escribíamos cuentos, o nos dedicábamos a labores externas al trabajo A veces alguien se reía o tarareaba en voz alta. Con alguno de los e-mails que llegaban en el correo.
De igual modo, se fueron acabando los cursos de reciclaje, a lo más algún curso por internet, de relaciones laborales, o de tecnologías que ya se habían superado porque desde que se diseñó el curso habían pasado más de diez años.. Todos los octubres venía el jefe y nos evaluaba y nos prometía cursos nuevos, de aprendizaje de las nuevas “funcionalidades”, como les gusta decir a los técnicos, pero el año pasaba y no había ninguno. Sin embargo veíamos que a nuestro alrededor, en otras dependencias, gastaban dinero en cursos, en nuevos ordenadores, en mobiliario …
―Es que esos son de otro departamento ―nos decían― tienen otro presupuesto.
―A pesar de eso no nos iremos ―seguíamos diciendo.
Del mismo modo que fueron languideciendo las expectativas en la empresa, fue decayendo nuestra vitalidad. Antes celebrábamos los cumpleaños, las onomásticas, las idas y venidas de vacaciones, los ascensos, los traslados, cuando todavía había ascensos y traslados voluntarios, pero poco a poco la oficina se fue despoblando, vinieron los primeros traslados forzosos, el primer ERE, y nos íbamos quedando pocos y con pocas ganas de celebrar nada,. Porque, la verdad, había pocas cosas que celebrar, los mejores compañeros se iban. Hasta los que más se resistían fueron abducidos por el miedo de que si se quedaban podría ser peor y poco a poco fue anidando en nosotros la idea de que estábamos en tránsito, esperando los cincuenta y dos, que era la edad elegida por la empresa para jubilarnos. Me recordaba eso que se dice en los entierros, cuando se da el pésame a los deudos:“Aquí estamos de paso, hay que hacerse a la idea” . Y ese sentimiento fatalista se fue adueñando de todos nosotros, que nos limitábamos a cumplir el expediente.
Hay que decir que la vida que teníamos en la oficina no era mala del todo, mal que bien, el aire acondicionado funcionaba casi todos los días, el trabajo también había mermado como el presupuesto y , de vez en cuando, el jefe nos recordaba que no nos teníamos que quejar, que estábamos en una “isla”, de la que casi nadie sabía su existencia y nos dejaban en paz. Y era verdad. Algunas veces cuando me entraba la desesperación de la inutilidad, salía a dar una vuelta por las calles en las que hubiese obras y miraba a los obreros sudar, si era verano, como aquel año en que se batieron los record de temperatura altas, y justo en la puerta hubo unos cuantos operarios haciendo una acera nueva, sin más refresco que un botijo que pasaba de mano en mano y la exigua sombra que podía dar una gorra de tela. Y si era invierno, me fijaba en las manos ateridas de los mismos obreros, los pasamontañas y los gorros de lana, y entonces me decía “Soy un privilegiado, no tengo ninguna razón para quejarme “ y lo repetía como un mantra , así volvía a la oficina, con ánimos renovados, a seguir estando de paso, pero con aire acondicionado y una silla ergonómica.
Un día vimos aparecer a dos negros grandes con carretillas y nos dijeron que venían a recoger los ordenadores obsoletos y las impresoras que se habían quedado fuera de mantenimiento.
Aprovechamos para tirar todas las antiguallas, las más antiguallas, quiero decir, porque los más nuevos también estaban obsoletos.
El jefe de proyecto, dijo que le había dicho el jefe de negociado, que a su vez había oído a alguien cercano al director , que quizás nos fueran a traer ordenadores nuevos, con más memoria y pantallas planas. Por supuesto que nosotros sonreímos irónicamente, pero albergamos durante un tiempo la ilusión.
―Con los nuevos Pecés, podremos instalar la última versión de visual basic y podremos realizar gráficos de alta calidad para los informes ―decía, mi compañero de cuenta.
―Con los nuevos Pecés, vamos a poder tener comunicaciones rápidas con las centrales y podremos asumir el control de la red. ―decía la jefa de proyecto.
―Con los nuevos Pecés, podremos asumir la administración de nuevos sistemas y tendremos garantizado el trabajo por más años ―decía el coordinador.
Los más, sonreíamos escépticos.
Al final , no sé sabe si porque cambiaron a algún gerente o a algún subdirector o director que tenía que firmar la orden, todo quedó reducido a la posibilidad de ampliar la memoria, pero como la mayoría de los ordenadores eran viejos y ya no se fabricaba memoria para ellos, pues nos quedamos igual.
―Con estas máquinas no podemos hacer bien nuestro trabajo ―deciamos― les falta velocidad y capacidad.
―Haced lo que podáis, es lo que hay ―nos decía el jefe de proyecto, porque a su vez se lo había dicho el jefe, siguiendo ordenes del gerente.
―Esto no puede durar mucho ―penábamos, aunque seguíamos diciendo que no nos iríamos.
Un día se estropeo el aire acondicionado y no vinieron a arreglarlo. Al parecer no había suficientes operarios en inmobiliario y en el servicio médico nos dijeron que si subía la temperatura por encima de treinta grados nos saliéramos al pasillo.
―¿ Qué pasa con los informes? ―peguntamos.
―Haced lo que podáis.
Lo mismo pasaba con las bombillas del cuarto de baño, se fundían y nadie las reponía. Algunos compañeros terminaron por traerse una bombilla y guardarla en el cajón de la mesa, cuando iban al servicio se la llevaban y al terminar, la desenroscaban y se la traían con ellos. Cuando los de inmobiliario, por fin, trajeron bombillas, desaprecian nada más ponerlas, seguramente porque los compañeros las guardaban en sus cajones para cuando volvieran a faltar poder llevarlas.
Hasta el papel higiénico empezaba escasear y el que traían era de tan mala calidad que raspaba en vez de limpiar, por lo que acabamos trayendo nuestro propio papel doble capa, de casa.
Un día nos llamó el jefe’, nos dijo que no estaba muy seguro de que alguien leyera los informes que hacíamos, que dejáramos de hacerlos a ver que pasaba . Sólo al cabo de dos meses una llamada de teléfono preguntando que había pasado para que en los dos últimos meses no se hubieran hecho los informes, nos sacó de la ignorancia.
Nos agarramos a ello y lo reivindicamos ante el jefe para asegurarnos el puesto.
―Pero ni una modificación que ese trabajo no es para nuestro departamento ―nos dijo
Empezamos a llegar más tarde al trabajo y a salir antes, pero daba igual, aún sobraba tiempo.
Un día, alguien dijo que en los departamentos centrales, a algunos compañeros, les habían llamado la atención por no permanecer en el puesto de trabajo las siete horas y media, entonces volvimos al horario, pero sólo por unos meses, porque pronto aquel director que había llamado a capítulo a los compañeros, tuvo un ascenso y se marchó, y se olvidaron del tema.
El verano pasado, al volver de vacaciones, encontré que mi ordenador no arrancaba.
Vinieron al cabo de dos semanas los del servicio técnico y dijeron que estaba obsoleto, que no se podía reparar, que había que sustituirlo por otro, pero mi jefe dijo que no había presupuesto, que tendría que esperar a que alguien se jubilara y así esperé hasta las navidades en las que heredé un PC de una gerente que se jubiló a los sesenta y tres.
Seis meses de nuevo sin hacer informes y no había pasado nada.
Por entonces los rumores del ERE eran más insistentes, no se había renovado el convenio y la empresa había anunciado en todas los medios de comunicación la necesidad de hacer recortes .
Los dirigentes empleaban términos financieros que nadie entendía pero que hablaban de la necesidad de ser competitivos, y que iban encaminados a la reducción de plantilla.
Un día apareció el jefe y dijo que teníamos que hacer una guía de nuestro trabajo, por si acaso había un ERE y nos teníamos que marchar .
Todo esto ahora lo interpreto como signos reveladores de lo que habría de venir.
En el último año, el director, que nunca se había reunido con nosotros. Nos citó varias veces para decirnos que la empresa iba mal, que estábamos perdiendo clientes, que teníamos que arrimar el hombro.
Mientras tanto veíamos que nos habían reducido las horas de la señora de la limpieza, que ya se limitaba a cambiar las bolsas de la papelera un día si y otro no, y de vez en cuando pasar un trapo mojado por las pantallas del ordenador que se quedaban lleno de reflejos.
Reclamábamos a recursos humanos, un día sí y otro también, pero una vez que nos respondieron, fue para decirnos que era lo que había, que teníamos que hacer recortes.
Por evitar la catástrofe.
Hace dos meses, el jefe nos dijo que se marchaba, que le habían ofrecido una desvinculación incentivada y ahí presentimos que todo se había acabado y se precipitaba nuestro final.
Sobre toda la negociación estaba planeando la idea de que el gobierno, quizás por la coyuntura económica, se negara a aprobar un expediente de regulación de empleo y mandar más gente a las oficinas del paro, al final optaron por presionar para que la empresa pagara todo el coste de la reducción de plantilla, pero nada más.
―No os preocupéis, que el sindicato no va a firmar nada que vaya en contra de los trabajadores ―decía yo y me tachaban de ingenuo.
Pero el sindicato nos traicionó y firmó el ERE que según ellos era la panacea a todos nuestros males y a los de la empresa , que si no sería mucho peor, que aplicarían la reforma laboral y que la que estaba por venir sería aún peor.
Ayer recibí un correo en el que se nos trataba de vender las excelencias del ERE.
―Traidores ―les he contestado y he pedido la baja en el sindicato.
Decían que de todos modos era voluntario y se garantizan todos los derechos de los que no se quieran marchar.
Todos sabemos que esto son eufemismos, que no tenemos ninguna esperanza en la empresa, estamos descontados, sin expectativas y sin futuro.
Como dijo alguien, estamos al final de la partida, ya todas las cartas están sobre la mesa y sólo falta jugarlas con la mejor estrategia posible y con una buena dosis de suerte, de buena suerte, para que las cosas salgan bien. No podemos descartarnos y pedir nuevas. Y es que los trabajadores, la clase obrera tiene esa tara también. Un empresario estará dirigiendo su empresa hasta que la muerte acabe con él, un científico estará investigando toda la vida, Un político puede llegar a presidente a los setenta años, o a los ochenta, un cura puede tener opciones de ser Papa hasta la víspera de su muerte, pero un empleado cuando llega a los cincuenta ya está descontado, no le queda más que reciclarse a la vida ociosa y sin perspectivas, en ese camino acelerado hacia la muerte, o la deprimente vejez.
Llevamos tiempo haciendo números todos los días, con todas las conjeturas posibles, con el sesenta y ocho por ciento, con el setenta, con el dos por ciento de revalorización, y nos hemos imaginado todas las situaciones posibles. Aunque teníamos la esperanza de que no se firmara.
Esta mañana, al abrir el lotus notes he encontrado un correo de recursos humanos en el que se me cita para el próximo viernes a las once cuarenta y cinco, en la sede del distrito C, Ahora sólo espero que que la oferta sea buena, que con las exenciones fiscales, pueda tener una prejubilación satisfactoria.




