Rojo intenso
Había comenzado a llover después de varias semanas de sequía y del cielo plomizo caía una mezcla gris de agua y humo. Manuel se cubrió la cabeza con el periódico gratuito que cogió en el autobús y corrió de portal en portal hasta llegar a su bloque.
Sobre las fachada de ladrillo rojizo resbalaban hilos de agua sucia. Algunas vecinas, se apresuraban a quitar la ropa tendida.
Subió las escaleras lentamente hasta el cuarto piso. El olor de las comidas, que ya se preparaban y que escapaban de las casas , le hizo despertar su apetito. Abrió la puerta empujándola con el pie y la cerró con pereza, dejó la cazadora en la percha de forja que el mismo había hecho unos años antes, tiró el periódico húmedo en el sofá y buscó a Concha.
¾Hola cariño , ¡ qué bien huele! ¿ Qué hay de comer? ¾preguntó .
—¿Cómo es que estás tan temprano aquí? —preguntó su mujer asomándose desde la
cocina, donde llenaba una lavadora con ropa sucia.
—Ya ves, el jefe que me ha dado día libre.
—Te han despedido otra vez. —dijo ella sin disimular su contrariedad.
—No, esta vez me he despedido yo.
—No me lo puedo creer¿ Cuántos trabajos llevas este año?
—Era un trabajo de mierda.
—¡Qué casualidad!, que no haya ningún trabajo bueno para ti
—¿Qué pasa? No te has enterado todavía de que hay crisis.
La única crisis es la de tu cabeza. Ya verás la crisis que vamos a tener si no ingresamos dinero.
—¡Bah! No te preocupes, algo saldrá ¿Qué hay de comer?
—Pero como va a salir algo, si el problema es que no quieres trabajar . Que pesado estás con la comida, no ves que estoy poniendo la lavadora—dijo ella airada..
—El Señor proveerá, no es eso lo que dicen las beatas esas con las que te juntas en la iglesia. Y si no, pues le pides a tu madre, que tiene buenos cuartos y una pensión cojonuda. ¾dijo Manuel en tono burlón , lo que encendió aún más los ánimos de Concha.
—Ni mentar a mi madre, ¡eh! No tiene más que el dinero que ahorró mi padre, que era un hombre como hay que ser, no un holgazán como tú y ella ha conseguido conservarlo.. Y gracias a las “beatas esas que tu llamas” tengo alguna escalera para limpiar. Que gracias a eso seguimos comiendo.
—Si ahora va a resultar que sobrevivimos gracias a ti.
—¿ No? , pues ya me dirás. —Si tuviera que contar con tu salario.
—Algo bueno tendré —dijo zalamero, cogiéndola por la cintura.
Concha hizo un movimiento brusco de cadera y se zafó del abrazo que le había hecho Manuel .
¾Pues te aseguro que a veces me cuesta encontrarlo.
—Vamos, no seas tonta ¿no has visto el anuncio de la tele? “Si el sexo funciona todo va bien”. Dice.
—Si, claro que sí, pero eso es un anuncio y esto es la puñetera y cochina realidad. Coge ese periódico y ponte a mirar los anuncios de trabajo.
Manuel dio un salto por encima del sofá y se abalanzó sobre Concha derribándola y aprisionándola contra la alfombra. Concha cerró la boca y moviendo la cabeza de un lado a otro esquivó los labios ávidos de su marido.
¾Estate quieto, no creo que sea el momento más adecuado.
¾Venga, vanos a hacerlo cono antes ¾susurró Manuel que no cejaba en su intento. Hasta que por fin las bocas se encontraron y ella cedió al empuje de la lengua de su marido
En un instante frenético se quitaron las ropas y se entregaron con furor, con toda la intensidad de los buenos momentos.
Aún jadeante, Concha se libró del abrazo desnudo de Manuel, se vistió, se atusó el pelo y le dijo: Anda, vistete, los crios están a punto de llegar. Voy a terminar la comida que se me hace tarde.
Manuel se vistió despacio, se sentó en el sofá con los pies descalzos y los calcetines sudorosos sobre la mesa de centro y abrió el diario por la sección de ofertas de trabajo.
—No te creas que con echar un polvo se soluciona todo. Por mucho que digan, “donde no hay harina….” ¿Por qué no vuelves a trabajar la forja como antes? ¾dijo Concha desde la cocina.
—¿ Dónde pongo el taller ? ¿ en el tendedero? . No sabes que para eso hace falta espacio y un grupo de soldadura para el que no tenemos dinero. Además ya nadie quiere cosas manuales, todo viene de China a precios de risa.
Concha salió de la cocina secándose las manos en el delantal. .
—A ver trae ese periódico.
Concha repasó la sección de ofertas de trabajo y señaló tres.
—Mira ahí tienes tres cosas para las que podrías valer..
Manuel cogió el periódico , echó un vistazo rápido y con desinterés y cuando Concha desapareció de su vista , se espatarró de nuevo en el sofá y enchufó el televisor.
Los días siguientes transcurrieron iguales. Concha y Manuel se levantaban temprano y a la vez. Concha se iba a trabajar, había encontrado dos casas más para ir a limpiar y entraba algo más de dinero. Manuel preparaba el desayuno a los chicos y los acompañaba al colegio. Después se acercaba a la boca del metro y recogía dos o tres periódicos gratuitos. Si hacía buen tiempo se iba al parque y los hojeaba. Si el tiempo era malo se iba a un bar cercano o a casa. A veces marcaba algunos anuncios que le parecían atractivos, llamaba por teléfono, pero todos se reducían a venta de artículos rarísimos con nombres rimbombantes. Anunciaban desde ventas de productos milagrosos para la limpieza de la casa, o unos aparatos que puestos en el auricular del teléfono le libraban de la posibilidad de catarros. O Aspiradores extraordinarios con precios astronómicos. Así que, poco a poco, dejó de interesarse por la posibilidad de encontrar trabajo.
Cuando Concha llegaba a casa a la hora de comer, él la esperaba con la mesa puesta y alguna sabrosa comida. A veces se enzarzaban en discusiones sobre el trabajo, pero el le enseñaba todos los anuncios que había marcado y la abrazaba. No te preocupes, verás como sale algo. Después la convencía con arrumacos y terminaban haciendo el amor en el sofá o en la alfombra.
Una mañana , Concha le llamó por teléfono y le dijo que no iría a comer, que había encontrado otro trabajo para por la tarde y no le compensaba ir y volver. A partir de aquel día Concha empezó a volver después de recoger los niños del colegio , a media tarde.
Una noche, mientras esperaban que llegara la hora de la cena y Manuel vigilaba que sus hijos hicieran la tarea del colegio, viendo la televisión sin sonido, pasó algo inesperado:
¾Me cagüen la mar, éramos pocos… ¾gritó Concha desde la cocina.
—¿ qué pasa? —Dijo Manuel sin dejar de cambiar emisoras con el mando de la televisión.
—Hay agua debajo de la lavadora
—Y qué, se te habrá caído.
—No, no … Se nos ha roto la lavadora, pierde agua. Podrías echarle un vistazo en vez de estar ahí tocándote las narices.
—Yo no entiendo de lavadoras.
—Si, ya sé que tu no entiendes de nada, pero podrías mirar por si fuera algo sencillo.
—Vale, ahora voy.
—Tendremos que llamar al técnico o comprar una nueva.
—Si, en la semana fantástica de El Corte Inglés, no te jodes.
—Hay sitios dónde las venden a plazos.
—¿Tú crees que a nosotros nos va a fiar alguien?
—Tendremos que intentarlo –dijo ella.—Conozco al dueño de Electrodomésticos Jarabo. Quizás…
¾Ya, ese viejo verde que siempre te está mirando a las tetas.
¾A ti que más te da, lo importante es que nos haga un buen precio. ¿ Por qué no vienes conmigo?
—¿ Para qué? No va a servir de nada, además ¿ no te las apañas tan bien tú sola?
¾¡ levántate , coño! A ver si entre los dos vemos algo que podamos solucionar aquí.
Manuel bajó los pies de la mesa de salón, se levantó del sofá y se acercó a la cocina , Concha se afanaba por recoger el agua turbia y jabonosa que salía por debajo de la lavadora .
Se quedó de pie, viendo como el agua iba extendiéndose por las baldosas, avanzando por las juntas.
Cerraré la llave de paso.
—Tendré que terminar de lavar a mano. Lo que me faltaba. Buscaremos una barata, seguramente hay de segunda mano, en buen uso.
Concha terminó de sacar del tambor de la lavadora un montón de ropa chorreando que cogió entre los brazos. El agua que caía de la ropa hizo aún más grande el charco arco que alcanzó los pies descalzos de Manuel.
¾¿Qué haces ahí como un pasmarote? ¡Tráeme el cesto de la ropa y el cubo de la fregona. ¡.
Manuel salió de la habitación dejando tras de si unas huellas jabonosas y turbias sobre la moqueta del salón.
Concha, nunca olvidaría aquellos pies alejándose hacia el comedor oscuro. A la mañana siguiente, se puso su blusa más escotada y se pintó los labios de rojo intenso. Salió de casa decidida a compara una lavadora nueva.